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martes, 24 de noviembre de 2015

Equilibrando los centros del cuerpo humano


POR DAVID TOPÍ 






Veo que, del artículo anterior, surgen preguntas respecto a lo que significa “equilibrar” los centros de control y cristalizar su “funcionamiento”, para que, según terminología de las enseñanzas de Gurdjieff, y otros autores gnósticos/metafísicos/esotéricos, consigamos convertirnos en personas equilibradas a nivel instintivo, emocional y mental, armonizando y balanceando, precisamente, los centros instintivos, emocional e intelectual que todos poseemos.


Repaso a los centros de control
Sobre los centros de control del ser humano ya había hablado anteriormente en otros artículos,    como recordatorio, los centros de control son los que permiten al cerebro gestionar el cuerpo que usamos, y son: el centro instintivo (situado en la parte inferior de la espina dorsal y asociado a cerebro reptilito o complejo-R), el centro sexual (de dónde sale la energía para nutrir toda la programación mental, y sobre todo, los implantes etéricos que nos insertan, pero de eso ya hablaré en algún otro momento), el centro emocional (en el plexo solar y en los centros específicos nerviosos del gran simpático, y asociado al sistema límbico), el centro mental (en el cerebro, asociado al neo-córtex), el centro espiritual (normalmente ubicado por diferentes autores en el corazón), y el centro motor (ubicado en la parte superior de la espina dorsal y en la laringe). Los centros emocional, intelectual y espiritual se dividen en dos, teniendo todos uno inferior y otro superior.
El centro instintivo se ocupa del funcionamiento interno del cuerpo, y permite que nuestro vehículo físico funcione de forma automática, sin tener que hacer nada para respirar o para que circule la sangre. El centro motor hace lo mismo, lleva a cabo de forma automática las funciones motrices del cuerpo, para poder andar sin preocuparnos de tener que mover los músculos, o para poder hacer acciones repetitivas y mecánicas sin pensar que pasos tenemos que ejecutar en cada instante (por ejemplo, para conducir).  Gracias a estos dos centros, prácticamente todo lo que nos mantiene vivos se hace sin que nosotros nos demos cuenta. Por otro lado, el centro emocional, evidentemente, es el encargado de gestionar las emociones y sentimientos, procesar los estímulos y reaccionar a ellos cuando es necesario. El centro intelectual es el que razona, piensa, gestiona la memoria, ordena la información, toma decisiones al respecto, etc. Finalmente el centro espiritual es el responsable de la evolución consciente de la persona, de su conciencia, dentro del cuerpo físico usado.
Puesto que hay pequeñas diferencias entre autores respecto a detalles de su localización y funcionamiento, el esquema siguiente es uno de los más usados como ejemplo para explicarlos, y si leéis o buscáis por la red más información al respecto, y veis algunos cambios, tomadlo como una guía genérica y como parte de las discrepancias que existen en diferentes escuelas sobre los detalles de la composición del ser humano en estos aspectos:
Estado normal de los centros de control
En la mayoría de nosotros, los centros de control de nuestro cuerpo se encuentran generalmente desequilibrados, ya que la casi totalidad de las personas desconocen su existencia como tal, y su funcionamiento. Normalmente, el centro instintivo como productor de energía abastece a todos los centros inferiores, y los excedentes de la misma son depositados en el centro sexual. Este trabajo se hace durante la noche cuando el cuerpo físico descansa, y así, entre otras cosas, vamos recuperando fuerzas para acometer los quehaceres del día siguiente. Cuando nos levantamos, normalmente, la mayoría, en un proceso normal de descanso nocturno, nos encontramos con las baterías llenas, y a partir de aquí, empezamos a gastar energía cada vez que usamos un centro de los anteriores en cualquiera de las funciones diarias que ejecutamos.
Cada uno de nuestros pensamientos va gastando la energía del centro intelectual, hasta agotar su carga inicial, que cuando se disipa totalmente, la recarga con la energía del centro sexual para poder seguir funcionando. Cada una de nuestras palabras y cada uno de nuestros movimientos van gastando la energía del centro motor, y de igual forma, cuando sus reservas energéticas se agotan, éste tiene que recoger la energía al centro sexual también para poder seguir trabajando. La gestión de los estímulos asociados a cada una de nuestras emociones usan energía del centro emocional inferior, y a su vez éste va recargándose desde el centro sexual.
                                      Aquí tenéis una pequeña conferencia 

al respecto hablando del tema para los que queráis entrar en profundidad en el mismo. Al ir recargando los diferentes acumuladores de energía presentes en el cuerpo (los tantiens, hornos o calderos, llamados en taoísmo,  entre ellos), vamos pudiendo mantener en funcionamiento el cuerpo que usamos, y, si hay energía sobrante, usarla para crecer, avanzar, evolucionar y transformarnos como seres humanos.
Equilibrando los centros
En general, el problema es que nunca hay energía de más. Recordad que el mundo está hecho para que nunca tengamos energía suficiente para nosotros mismos, y que la energía que consumimos tenga una calidad pésima (comida de baja calidad, aire contaminado, impresiones y entornos energéticos negativos), de forma que el consejo de ahorrar energía es aun más importante cuando piensas que, por mucho que te esfuerces, en el mundo occidental, todos sobrevivimos energéticamente, ya que no llegamos a absorber más que la dosis diaria de combustible que necesitamos para existir otro día más. Si no ahorras algo de lo que obtienes, no se puede dar el paso a vivir y desarrollarse.
Así, si no hay energía de más, y la que tenemos la desperdiciamos en un uso irracional y poco lógico de los centros de control, estos tampoco nunca llegan a equilibrarse, lo que produce que nunca salgamos del bucle de ser personas puramente instintivas, emocionales o mentales, sin llegar a ser personas balanceadas y armonizadas en los tres aspectos (el hombre número 4 del que hablamos en el anterior artículo).
Así que la forma de ahorrar energía y balancear cada uno de los centros de control pasa por la observación de los mismos en los siguientes aspectos:
Para cada pensamiento: ¿es un pensamiento de un Yo artificial? ¿Es un pensamiento útil? ¿es “basura” mental? ¿es un pensamiento de “ruido interior” que no sirve a ningún propósito?
Para cada emoción: ¿es una emoción sana? ¿es una emoción positiva? ¿es una emoción automática y reactiva?
Para cada acción: ¿es una acción mecánica y autómata? ¿soy consciente de lo que estoy haciendo? ¿tiene sentido lo que estoy haciendo? ¿Por qué lo estoy haciendo? ¿quién dirige lo que estoy haciendo?
Para cada cosa que decimos: ¿qué estamos diciendo? ¿Estoy diciendo algo que quiero decir de verdad? ¿estoy hablando por hablar? ¿Estoy gastando energía con mis palabras que no quiero gastar? ¿estoy diciendo lo que pienso y siento?
Si iniciamos esta estrategia de auto observación veremos que son muy pocas las cosas que hacemos, decimos, sentimos y pensamos que realmente vale la pena pensar, sentir, hacer o decir, ya que, en la mayoría de los casos, nos daremos cuenta que no hacemos sino cosas de forma automática sin ser conscientes de ellas, y sin preguntarnos si contribuyen en algo positivo para nosotros o para el prójimo. Es todo un “shock” darte cuenta, que en la mayoría de ocasiones no pensamos en nada útil, que no sentimos nada bueno, que estamos haciendo lo que no quisiéramos estar haciendo y de qué hablamos por los codos. Conclusión: despilfarro energético, y otro día que pasamos sin desarrollar ni un ápice el equilibrio de los centros de control y nuestro sistema energético.
Impecabilidad
Cuando decía Castaneda, “se impecable”, en parte, se refería a esto. Hay que ahorrar energía, y cuando se hace, esta automáticamente es usada por los procesos alquímicos internos del cuerpo para despertar el resto de funciones y potenciales que tenemos. Ya no solo se trata de que nos abastezcamos con mejores energías con octanajes más elevados en la triada de elementos que nos nutren, sino que, de lo que entra, que no se desperdicie nada.




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